lunes, 4 de octubre de 2010

Escritura automática (Adictos a la escritura)

EL FUNERAL

El cielo estaba totalmente cubierto. Las nubes, cada vez más oscuras, empezaban a dejar escapar algunas gotas. El viento soplaba fuerte y las hojas de los árboles caían al suelo una detrás de otra, sin parar.
Frente a la tumba, un numeroso grupo de personas, todos vestidos de negro y muchos de ellos llorando desconsolados, escuchaban las sentidas palabras que el sacerdote pronunciaba emocionado.
Mientras la voz del párroco se hacía oír entre las gentes allí reunidas, Laura se perdió una vez más en los recuerdos de aquella trágica noche en la que perdió para siempre al amor de su vida, su alma gemela.
Era la una y media de la madrugada y la lluvia caía con fuerza. El coche de Raúl se había estropeado a menos de una calle de dónde vivían y, como tampoco era mucho camino, habían decidido hacerlo a pie, o corriendo, mejor dicho, pues llovía demasiado como para dar un paseo. A Laura no le hacía mucha gracia pues el disfraz de diablesa que tanto le había costado encontrar se echaría a perder, pero aún así accedió; hacía frío para esperar en el coche a que llegara una grúa.
Corrían por la acera, cogidos de la mano, chorreando de agua y riendo por alguna gracia que Raúl había dicho, cuando torcieron la esquina y sin saber cómo ni porqué, Raúl cayó de rodillas con las manos en el estómago.
Laura se agachó junto a su novio sin entender lo que le había pasado. Raúl la miró con el miedo reflejado en sus bonitos ojos grises. Luego, asustado, agachó la mirada a las manos y luego volvió a mirarla a ella. Tenía las manos llenas de sangre. Laura, frenética, sin oír aún los disparos que cesaron instantes después, se arrodilló junto a Raúl apartándole la capa de su disfraz de Drácula y vio la antes inmaculada camisa blanca, manchada de sangre. Sangre roja y viva que emanaba del estómago del muchacho que, después de susurrar un “siempre te querré”, se desplomó inconsciente en sus brazos.
Sin pensarlo dos veces, enloquecida por el shock, tumbó a su novio aún vivo en el suelo, se quitó su capa de diablesa y ejerció presión en la herida llorando de forma histérica y gritándole que no la abandonase, que se quedara con ella. Lo quería, lo necesitaba, no veía la forma de vivir sin él. Y entonces, de no sabía dónde, unos brazos fuertes la cogieron de la cintura y la separaron de su novio. No sabía quien la había cogido ni tampoco le importaba, solo quería que Raúl volviera con ella a casa, por lo que gritó y forcejeó con el policía, porque luego supo que era un policía, para que la dejaran volver con él; sin embargo, pese a sus gritos y sus súplicas, no la dejaron.
Un montón de policías aparecieron de no sabía dónde, rodeando el cuerpo de Raul, intentando hacerle regresar hasta que los paramédicos llegaron y tomaron el relevo. Media hora después, pese a los esfuerzos de todos, Raúl murió dejándola sola, hundida y vacía para siempre.
Horas más tarde, cuando descansaba en una cama del hospital donde le habían atendido el ataque de nervios, poco le importó saber que sus vecinos de enfrente, la adorable pareja que tan bien se llevaba con todos los vecinos, pertenecían a una peligrosa banda de ladrones de casas de lujo y cuyo objetivo aquella noche, era robar tanto su casa como la de cinco familias más. Poco le importó que hubieran montado una redada aquella noche para arrestarlos y que fuera en su propia casa donde los cogieran. Se había iniciado un tiroteo y una bala de los ladrones se había escapado y había llegado al estómago de su novio. Pero nada de eso la importaba, lo único que le importaba a Laura era que ya no vería nunca más a su novio. ¿Qué haría ahora sin él?
Ni siquiera pudo ir al funeral y mucho menos al entierro. Era demasiado para ella. Después de aquello, nunca volvió a ser la misma. El vacío y la soledad tan grandes que sentía la hicieron caer en una profunda depresión de la que nunca salió.
Ahora, justamente un año después de aquello, mientras observaba como sus seres queridos se despedían de ella, por fin volvía a sentirse ella misma, por fin volvía a ser feliz, porque Raúl esperaba junto a ella que estuviera preparada para irse con él a un lugar en el que estarían juntos por la eternidad y en el que jamás tendrían que decirse adiós. Sabe que no está contento con ella por suicidarse, pero también sabe que no la culpa por querer estar con él, pues él habría echo lo mismo.

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